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Cómo ayudar a un niño cuando algo no le sale a la primera

Ilustración de la noticia «Cómo ayudar a un niño cuando algo no le sale a la primera»

Cuando algo no le sale a la primera, un niño puede pasar de la ilusión a la frustración en diez segundos. El lazo de la zapatilla se deshace otra vez, la torre se cae justo al poner la última pieza, la bici se tuerce a los dos metros. Y entonces llega la frase: «Soy tonto. No sé hacer nada».

En ese momento a los adultos nos entran unas ganas enormes de arreglarlo rápido. Con una frase, con una solución, o atando nosotros el lazo para que se acabe el drama. Es muy comprensible. Y casi siempre hace que la próxima vez cueste un poco más.

Este artículo va de cómo acompañar ese momento, de por qué la paciencia se aprende a trozos pequeños y de unas cuantas ideas sencillas para practicarla en casa, sin sermones y sin convertirlo en una asignatura.

Qué le pasa por dentro cuando algo no sale

La frustración aparece cuando hay distancia entre lo que esperábamos y lo que ha pasado. Un niño de seis o siete años tiene expectativas altísimas, porque ve a los mayores hacer las cosas sin esfuerzo aparente, y muy poca experiencia acumulada de haber fallado y haberlo conseguido después. Le falta ese recuerdo que los adultos tenemos guardado: «esto también me costó, y al final salió».

Además, a esas edades el error se vive como algo personal. Para un adulto, un lazo deshecho es un lazo deshecho. Para un niño de seis años, muchas veces es un examen sobre sí mismo. De ahí sale el «soy tonto»: está sacando una conclusión enorme a partir de un dato pequeñito.

Y una cosa más que conviene saber: con la rabia subida, manda el cuerpo. Un niño frustrado tiene el corazón acelerado, los hombros tensos y muy poco sitio para escuchar explicaciones. Cualquier consejo que le demos en ese momento le llega con el volumen al mínimo.

Lo que solemos decir y casi nunca ayuda

Hay frases que salen solas, con todo el cariño del mundo, y que conviene ir dejando:

«Si es muy fácil.» Para él, ahora mismo, es dificilísimo. Y si encima es fácil y no le sale, la conclusión que saca es todavía peor.

«No pasa nada.» Para él pasa algo, y lo está sintiendo con todo el cuerpo. Quitarle importancia le deja solo con lo que siente.

«Trae, que ya lo hago yo.» Resuelve el momento y le deja un mensaje muy claro: esto lo hacen otros.

«¿Ves? Te lo dije.» Sin comentarios.

Todos las hemos dicho alguna vez, y nadie es peor padre ni peor madre por eso. Simplemente hay otras que funcionan mucho mejor.

Lo que ayuda en el momento

Ponerle nombre. «Estás muy frustrado. Querías que la torre aguantara y se ha caído.» Una frase así le dice que le has entendido, y un niño que se siente entendido baja la guardia mucho antes. Funciona igual a los siete años que a los cuarenta.

Esperar un poco antes de hablar. Diez segundos de silencio, una mano en la espalda, sentarse a su lado en el suelo. La rabia necesita un momento para bajar, y las palabras entran mucho mejor después. Si el enfado es de los gordos, de los que echan humo, aquí os conté cómo acompañarlo: «Tengo un volcán», el cuento para entender los enfados.

Ofrecer una pausa. «Lo dejamos aquí y lo volvemos a intentar después de merendar.» Parar a tiempo es una habilidad buenísima, y le enseña que dejar algo para luego y abandonarlo son dos cosas distintas.

Añadir la palabra «todavía». Cuando diga «no sé hacerlo», contestad: «todavía no sabes hacerlo». La psicóloga Carol Dweck, de la Universidad de Stanford, lo llama «el poder del todavía». Con esa palabra, una puerta cerrada se convierte en un camino que aún no ha terminado. Repetida durante meses, cambia la manera en que un niño se habla a sí mismo.

Preguntar antes de resolver. «¿Qué parte es la que se te resiste?» Muchas veces, al contestar, el niño descubre que lo difícil es solo un trozo. Y un trozo ya se puede atacar.

La paciencia se aprende a trozos pequeños

Esto es lo más importante de todo el artículo, así que lo digo despacio.

La paciencia aparece cuando un niño ha vivido muchas veces la secuencia completa: intentarlo, fallar, volver a intentarlo y conseguirlo. Cada vez que la vive, guarda una prueba. Y con suficientes pruebas guardadas, la siguiente vez aguanta un poco más.

El problema es que con los retos grandes esa secuencia tarda demasiado. Aprender a ir en bici sin ruedines puede llevar semanas, y semanas de fallar sin ningún premio agotan a cualquiera. Por eso funciona tan bien partir las cosas en pasos tan pequeños que cada uno se pueda conseguir hoy.

Con la bici, por ejemplo: hoy, solo empujar con los pies y deslizarse. Mañana, levantar los pies tres segundos. Pasado mañana, cinco. Cada día hay una victoria, aunque la bici de verdad todavía quede lejos. Con el lazo de los zapatos, igual: primero la cruz, luego la primera oreja, luego las dos. Con las tablas de multiplicar, una sola tabla por semana.

Cuando el paso es pequeño, el fallo también es pequeño. Y un fallo pequeño se aguanta.

Ideas para practicar en casa

La tolerancia a la frustración se entrena mejor en frío, con cosas que no importan demasiado, para que esté lista el día que llegue algo que importa de verdad. Estas son las que mejor funcionan:

El bote de los intentos. Un bote transparente y un puñado de garbanzos o de botones. Cada vez que intenta algo que le cuesta, echa un garbanzo, le salga o no le salga. Al final de la semana, el bote lleno es la prueba física de algo que normalmente no se ve: lo mucho que lo ha intentado. Aquí se premia el intento, que es justo lo que queremos que crezca.

Fallar delante de él. Dejad que os vea equivocaros y volver a probar. Una receta que sale mal, un mueble que no hay manera de montar, una palabra en inglés que se resiste. Y decidlo en voz alta: «Uf, me ha salido fatal. Voy a probar otra vez, más despacio». Un niño aprende mucho más de cómo gestionamos nuestros fallos que de todo lo que le contemos sobre los suyos.

Yo lo vivo con cada libro. El manuscrito del segundo libro de Luna y Misi va por su séptima revisión: siete veces leyéndolo entero, encontrando lo que todavía no funciona y volviendo a empezar por ahí. Me gusta contárselo a los niños, porque suelen creer que los libros salen así, de una vez, y les tranquiliza mucho saber que a los mayores también nos cuesta.

Juegos donde fallar sale barato. Los juegos son el mejor gimnasio que existe para la frustración, porque perder una partida duele poco y se arregla echando otra. Torres de bloques, juegos de mesa, puzles un poquito por encima de su nivel. Si os apetece algo en pantalla, en la web tenemos dos juegos pensados con esa idea. En El salto de Misi hay que aprender a medir el salto por los tejados, y casi nadie lo clava en las primeras partidas. En La vuelta a casa, un juego de cálculo mental, no hay reloj y cada fallo solo aleja un poco la nave. Están todos aquí: juegos de Luna y Misi, gratis, sin anuncios y sin registro.

Un apunte sobre los juegos de mesa: dejarle ganar siempre no entrena nada, y el día que pierda contra un amigo le pillará sin práctica. Funciona mucho mejor ajustar la dificultad, jugar en equipo con él o darle una ventaja que los dos conozcáis.

Proyectos de varias tardes. Una maqueta, un dibujo grande, una manualidad que se hace por fases. Estos proyectos enseñan que algo bonito puede tardar, y que dejarlo a medias hoy para seguir mañana forma parte del plan. En nuestra sección de manualidades tenéis ideas para empezar.

La lista de «antes no me salía». Una hoja pegada en la nevera con las cosas que antes no le salían y ahora sí: atarse los zapatos, nadar sin manguitos, leer él solo un capítulo entero. Que la escriba él, o que os la dicte. El día que se atasque con algo nuevo, leedla juntos. Es la mejor respuesta al «nunca me sale nada», porque está escrita con su letra.

Describir lo que ha hecho. Cuando por fin le salga, resistid la tentación del «¡qué listo eres!» y contad lo que habéis visto: «Lo has intentado cinco veces, y a la sexta has ido más despacio. Por eso ha salido». Así sabe exactamente qué le ha funcionado y lo puede repetir. El «qué listo» le dice que lo traía de fábrica. La descripción le dice que lo ha conseguido él.

Cuándo echar una mano, y cuánta

Hay retos que todavía le quedan grandes, y ahí una ayuda pequeña a tiempo evita que lo deje para siempre.

Una pista sencilla: si después de varios intentos sigue sin avanzar nada y la rabia va a más, ayudad. Ayudad lo justo, con la pista mínima para desbloquearle, y dejadle a él el siguiente paso. Sujetar la bici unos metros y soltarla. Hacer vosotros la primera oreja del lazo y dejarle la segunda. Que el último gesto sea siempre suyo, porque es el que va a recordar.

Y si veis que la frustración es muy intensa, muy frecuente y le está quitando las ganas de probar casi cualquier cosa, comentadlo con su pediatra o con su tutor o tutora del cole. A veces hay algo detrás que merece una mirada profesional, y cuanto antes se mire, mejor.

Un jardín que se apagó

En «Muy lejos de casa», la primera aventura de Luna y Misi, casi nada sale a la primera.

En el tercer capítulo, Luna encuentra en la luna un jardín de campanillas de cristal que suenan al tocarlas. Quiere escucharlas todas a la vez, agarra un ramillete entero de un solo puñado y el jardín entero se apaga de golpe. Se queda inmóvil, convencida de que lo ha roto. Misi le propone probar al revés: «en vez de pedirles música, dales tú un poco». Y Luna lo intenta otra vez, cantando bajito, con cuidado. Primero se enciende una campanilla, la más pequeña de todas. Luego la de al lado. Luego todas.

Es exactamente lo que nos pasa en casa: el primer intento a lo bruto, el apagón, el susto y un segundo intento más despacio que empieza por una sola luz.

Más adelante hay un capítulo que se llama, precisamente, «El salto que no llegó». No os cuento qué pasa, pero de ahí sale una de las ideas de Misi que más me gustan: que a casa se vuelve de muchos saltos. Toda la saga va un poco de eso, y de cómo lo trabajan los libros os hablé en cómo los libros enseñan perseverancia.

Si vuestros hijos tienen entre 6 y 10 años, Muy lejos de casa está pensado para ellos, con capítulos cortos para que haya una pequeña victoria cada noche y el primer capítulo gratis. Y si os interesa qué se llevan los niños de dentro de los libros, lo cuento aquí: libros con valores para niños.

Para llevarse a casa

Un niño que aprende a aguantar un fallo pequeño se está preparando para los grandes. Y eso se construye con muchos intentos pequeños y con un adulto cerca que nombra lo que siente, que espera, que no le quita el lazo de las manos y que, de vez en cuando, también se equivoca delante de él.

La próxima vez que oigáis «no me sale», probad a contestar con una sola palabra: todavía.

¿Qué es lo que más le está costando ahora mismo a vuestro peque? ¿Y qué truco os ha funcionado a vosotros? Contádnoslo aquí abajo: seguro que vuestra idea le sirve a otra familia. 🌙

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