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Tengo un volcán: el cuento de Míriam Tirado para entender los enfados

Ilustración de la noticia «Tengo un volcán: el cuento de Míriam Tirado para entender los enfados»

«Tengo un volcán», de Míriam Tirado, es el cuento que le leía a mi hija cuando era pequeña para ayudarla con sus enfados. Lo compré para ella. Y ha acabado ayudándome a mí a entender a algunos adultos.

Me ha pasado dos veces con la misma autora. La primera fue con «El hilo invisible», que también vive en nuestra estantería. La segunda es esta, y me apetecía contarla con calma, porque la pienso de verdad.

Antes de empezar, un apunte: mucha gente lo busca como «Soy un volcán», y a mí también se me escapa así a menudo. Su título es «Tengo un volcán». Si habéis llegado buscándolo con el otro nombre, estáis en el sitio correcto.

De qué va «Tengo un volcán»

Alba tiene un volcán dentro. Lo nota entre la barriga y las costillas. Casi siempre está dormido, pero cuando algo la enfada de verdad, el volcán entra en erupción y lo quema todo. Y cuando la lava se enfría, Alba se queda asustada y dolida, porque ella tampoco quería que pasara eso.

Una noche, un hada pequeñita le susurra un truco para cuando el volcán empiece a rugir. No os lo voy a destripar, pero os adelanto que para usarlo no hace falta ninguna magia: tiene que ver con el cuerpo, con ese mismo sitio donde Alba nota el volcán, y se puede hacer en cualquier parte. En el patio, en el coche o en mitad del pasillo del supermercado.

Las ilustraciones son de Joan Turu y son medio libro. La lava, los colores, la cara de Alba cuando el volcán por fin se calma. Con esas imágenes, un niño de cuatro años entiende cosas que todavía no sabría poner en palabras.

Por qué funciona tan bien con los niños

Porque le pone forma a algo que no la tiene. Un niño pequeño enfadado no sabe qué le pasa. Solo sabe que de repente todo quema. El cuento le regala una imagen para ese caos, y con una imagen ya se puede hablar. «¿Se está despertando el volcán?» funciona muchísimo mejor que «cálmate», una palabra que a cualquier edad suele conseguir justo lo contrario.

Porque le dice que enfadarse está permitido. Alba no es una niña mala por tener un volcán. Todos tenemos uno. El cuento separa muy bien lo que se siente, que es de cada uno y está bien sentirlo, de lo que se hace con eso, que es lo que hay que aprender. Esa diferencia, contada así de sencillo, quita muchísima culpa. Y un niño con menos culpa se calma antes.

Porque le da una salida. Muchos libros sobre emociones se quedan en ponerles nombre. Este da además una herramienta que el niño puede probar él solo. Y cuando la prueba y le funciona, aunque sea un poquito, descubre algo enorme: que el volcán es suyo y que puede hacer algo con él.

Lo que me enseñó sobre los enfados de los adultos

Aquí viene la parte que no esperaba.

De tanto leerlo en voz alta, el volcán se me quedó dentro. Y empecé a verlo también fuera del cuento. En el adulto que grita por algo que no merece tantos gritos. En quien contesta mal en una reunión. En la persona que responde con un portazo a una simple pregunta.

Parece una tontería, y cambia muchísimo las cosas. Cuando ves un volcán, te lo tomas menos a pecho. Entiendes que esa lava casi nunca va dirigida a ti: sale porque ya no cabía dentro. Y debajo casi siempre hay algo que no se ve. Cansancio, miedo, preocupación, la sensación de que nadie escucha. Lo mismo que le pasa a un niño de cuatro años a las ocho de la tarde, con sueño y con hambre. Los mayores creemos que lo disimulamos mejor, y se nos nota igual.

Entenderlo tampoco obliga a aguantarlo todo. Un volcán explica muchas cosas, pero no da permiso para quemar a nadie. Alba lo aprende, y los adultos también podemos aprenderlo. Lo que sí cambia es la respuesta: ya no echas más leña, ya no contestas con otra erupción, y esperas a que se enfríe la lava para hablar. Exactamente como con los niños.

Y claro, también me ayudó a mirar el mío. Porque yo también tengo volcán. Todos los padres y madres lo tenemos, y suele despertarse en los peores momentos: con prisa, con cansancio, cuando el niño ya lleva tres erupciones seguidas y la cena se está quemando. Saber que está ahí ayuda a pillarlo a tiempo.

Que un libro infantil de treinta y seis páginas me haya enseñado todo esto me sigue pareciendo increíble. Supongo que los buenos cuentos para niños hablan siempre, en voz baja, a los adultos que los leen.

Cómo usarlo en casa para acompañar las rabietas

Este libro rinde mucho más si no se queda en la estantería después de leerlo. Esto es lo que mejor funciona:

Leedlo en frío. El peor momento para leer un libro sobre enfados es durante un enfado. Leedlo un día tranquilo, a la hora del cuento, cuando no hay nada que arreglar. Así el volcán ya estará en casa el día que haga falta. (De por qué esa lectura de antes de dormir es tan valiosa os hablé aquí.)

Usad el volcán como idioma. Después de leerlo, el volcán se convierte en una palabra de la familia. «Creo que se me está despertando el volcán» es una frase que un niño puede decir antes de explotar, y que vosotros podéis decir sin que suene a regañina.

Un termómetro de lava. Dibujad juntos un volcán con tres niveles: dormido, echando humo y en erupción. Colgadlo en la nevera. Ayuda a que el niño aprenda a notar el volcán antes de que salga la lava, que es justo cuando todavía se puede hacer algo.

Ensayad el truco cuando no hace falta. El truco del hada funciona mucho mejor si se ha practicado antes jugando. En plena erupción nadie se acuerda de lo que no ha ensayado.

Esperad a que se enfríe. Durante la erupción no se razona, ni a los cuatro años ni a los cuarenta. Quedaos cerca, aseguraos de que nadie se hace daño y guardad las palabras para después.

Enseñad vuestro volcán. Decirle a un hijo «perdona, antes se me ha despertado el volcán y te he gritado» es probablemente la lección más útil de todo el libro. Así ve que a los mayores también nos pasa, que se puede reparar y que pedir perdón no hace pequeño a nadie.

Lo que conviene saber antes de comprarlo

Con los peros sobre la mesa, que es como me gustan las recomendaciones.

Tiene mensaje, y se nota. Míriam Tirado es periodista y consultora de crianza consciente, y el libro está escrito con una intención clarísima. Si buscáis una aventura llena de giros, este va por otro camino. Es un cuento para acompañar, y en eso es buenísimo.

El truco necesita tiempo. En el libro lo trae un hada y funciona a la primera. En casa hará falta repetirlo muchas veces: un día servirá y al siguiente no. Es normal. Lo importante es que el niño sepa que existe.

Es corto. Tiene poco texto por página y se lee en unos minutos. Para los más pequeños es perfecto. Con niños de siete u ocho años se queda algo justo como lectura, aunque la imagen del volcán les sigue sirviendo igual.

Edad y formato

Texto de Míriam Tirado, ilustraciones de Joan Turu. Carambuco Ediciones, colección Calita. Álbum ilustrado de tapa dura, 36 páginas. A partir de 4 años, y funciona especialmente bien entre los 4 y los 7. Existe también en catalán («Tinc un volcà»), en edición pop-up y con una segunda parte, «Tengo un volcán y no quiero respirar», con más maneras de calmar el volcán para cuando el primero ya se sabe de memoria.

Podéis verlo aquí: Tengo un volcán, en Amazon. (Es un enlace de afiliado: si compráis a través de él, apoyáis la saga sin coste extra para vosotros.)

Y aquí tenéis su sitio en nuestra estantería: la ficha de «Tengo un volcán», junto al resto de libros recomendados que elegimos a mano.

Un volcán en Luna y Misi

Cuando escribí el primer libro de Luna y Misi no pensaba en este cuento. Releyéndolo ahora, el volcán está ahí.

Hay un momento en «Muy lejos de casa» en que Luna, perdida en un planeta lejísimos de su jardín, le grita a Misi y se sube a lo más alto de un castillo de bloques, «muy enfadada, sin saber muy bien con quién». Cuando baja a pedirle perdón, le sale la verdad en una frase: «Y yo tenía miedo». Debajo de la lava estaba el miedo, como casi siempre.

Hasta Misi, el gato más digno del universo, prefiere confesar que estaba furioso antes que reconocer que estaba preocupado, porque según él eso deja mejor a los gatos.

Es justo lo que me enseñó «Tengo un volcán»: muchas veces el enfado es la parte que se ve de algo que pesa más. Si vuestros hijos ya han crecido un poco y piden historias largas, Muy lejos de casa es para ellos, de 6 a 10 años, con el primer capítulo gratis. Y si os interesa qué se llevan los niños de dentro de los libros, lo cuento aquí: libros con valores para niños.

Una última cosa

A los niños les asusta su propio volcán. Cuando explotan no entienden qué ha pasado, y casi siempre se sienten peor después que durante.

Un cuento que les dice que todos tenemos uno, que tenerlo está bien y que se puede aprender a cuidarlo, les quita muchísimo miedo. Y de paso, a los adultos que se lo leemos nos recuerda que la persona que tenemos delante gritando, tenga la edad que tenga, seguramente lo está pasando peor de lo que parece.

Yo se lo leía a mi hija para que entendiera sus enfados. Ha acabado ayudándome a entender los de mucha más gente. Incluidos los míos.

¿Cómo es el volcán en vuestra casa? ¿Qué os funciona cuando empieza a echar humo? Contádnoslo aquí abajo: cada familia tiene su truco y todos aprendemos de los demás. 🌙

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