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Valorar lo que ya tenemos: lo que enseñan las historias de viajes y regreso

Ilustración de la noticia «Valorar lo que ya tenemos: lo que enseñan las historias de viajes y regreso»

Hay una conversación que se repite en todas las casas y que no lleva a ningún sitio. Empieza con un «es que todos tienen menos yo», sigue con nuestra lista de todo lo que sí tiene, y termina con las dos partes un poco enfadadas.

La gratitud es probablemente el valor más difícil de enseñar hablando. Porque explicarle a alguien que valore lo que tiene es, por definición, pedirle que sienta algo que no está sintiendo.

Las historias lo consiguen por otro camino: se lo quitan. No de verdad, claro. Se lo quitan a un personaje, durante doscientas páginas, y dejan que el niño lo eche de menos con él.

La estructura más antigua que existe

Ulises tarda diez años en volver a Ítaca. Dorothy recorre Oz entero para descubrir que quería volver a Kansas. Bilbo cruza medio mundo y lo que más ilusión le hace es su sillón. Peter Pan se queda en Nunca Jamás y Wendy, que puede quedarse, elige volver.

Es la misma historia una y otra vez, contada durante tres mil años: alguien sale, alguien vuelve, y el que vuelve no es el mismo que salió. Los estudiosos lo llaman «viaje de ida y vuelta». Los niños lo llaman «un libro de aventuras».

Y funciona por una razón muy concreta.

Por qué el regreso enseña lo que el sermón no

Cuando le decimos a un niño que valore su casa, le pedimos que compare su vida con una idea abstracta —lo que otros no tienen— que no siente por ninguna parte.

Cuando el niño lee una historia de viaje y regreso, la comparación se la da hecha, pero desde dentro: durante horas ha estado lejos, ha tenido frío, ha echado de menos, ha querido volver. Cuando el personaje por fin llega, el alivio lo siente él. No es información, es experiencia.

Y hay un detalle que me parece precioso: en estas historias lo que se echa de menos define lo que se quiere. El personaje no descubre que su casa es mejor que el mundo. Descubre qué es exactamente lo que le faltaba. Y casi nunca es un sitio: es una persona, una costumbre, una voz llamándole a cenar.

Esa es la lección, y ningún niño la olvida, porque la ha sacado él.

Lo que estas historias enseñan además de gratitud

No es solo agradecer. Un buen viaje de ida y vuelta trabaja tres cosas más:

Que el mundo es grande y se puede recorrer. Estas historias no son conservadoras: no dicen «quédate en casa». Dicen «sal, y vuelve». El protagonista no habría entendido nada si no se hubiera ido.

Que uno cambia. El que vuelve trae cosas nuevas: valentía, cicatrices, amigos. Para un niño, la idea de que se puede volver siendo otro es enormemente tranquilizadora.

Que las cosas de casa son invisibles hasta que faltan. Es la definición práctica de la gratitud, y funciona igual a los siete años que a los cuarenta.

Cómo hablarlo sin que parezca una charla

Después de leer una historia así, hay tres preguntas que van directas al centro. Sueltas, en el coche, sin ceremonia:

- ¿Qué crees que echaba más de menos? Casi siempre contestan con una persona, no con un sitio. Ahí ya está todo hecho.
- Si tú te fueras un mes muy lejos, ¿qué tres cosas echarías de menos? Prepárate, porque las respuestas son sorprendentes y a veces conmovedoras.
- ¿Y qué crees que echaría de menos yo? Esta es la mejor. Les obliga a mirar la casa desde nuestros ojos, y suelen acertar más de lo que pensamos.

Y una idea que funciona muy bien en familias con niños de seis a diez: la lista de lo que se llevarían. Diez cosas para un viaje larguísimo. Lo interesante no es la lista, es lo que descartan.

Toda la saga de Luna y Misi va de esto

No lo planeé como tema, pero al terminar el primer libro me di cuenta de que no había escrito otra cosa.

En Muy lejos de casa, un juego sale demasiado bien: un salto lleva a Luna y a su gato Misi muchísimo más lejos de lo que ninguno de los dos imaginaba. Cruzan el río de estrellas, visitan un planeta que tintinea, una casa donde viven las cosas perdidas, una montaña llena de ecos. Y todo el rato están buscando el camino de vuelta.

Lo que descubren al final no lo dice el libro con todas las letras, porque no hace falta: que el hogar no es un punto en el mapa, sino las personas —y los gatos— que te esperan en él. Es el primer valor de la saga y el que sostiene los tres libros.

Y hay un personaje que resume la idea entera sin querer: Ziru, un viajero que recorre el cielo recogiendo lo que el mundo pierde y devolviéndolo a su sitio. Se pasa la vida haciendo por otros lo que Luna intenta hacer por sí misma.

Una última cosa

Es curioso: para enseñarle a un niño a querer su casa, lo más eficaz es sacarlo de ella. En un libro, que es donde se puede hacer sin riesgo.

Le das doscientas páginas de estar lejos, y cuando el personaje vuelve, tu hijo mira a su alrededor de otra manera durante unos días. No dirá nada. Pero mirará.

¿Qué historia de irse y volver os marcó de pequeños? Contádnoslo aquí abajo. 🌙

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